
Tuve suerte. Aprendí “networking” en forma intuitiva de mi padre. Un gran networker, que sin siquiera saberlo, ni conocer la palabra “network”, hacía del cultivo de las relaciones humanas su verdadero culto.
Desde chico pude observar, y aprender, como se movía con fluidez en sus relaciones sociales, y lograba cautivar la atención de cualquier audiencia, aún cuando ni siquiera lo conocían.
No hacía diferencias. Escuchaba y estaba siempre pendiente de asistir tanto a sus jefes y clientes, como a sus subordinados. Todos lo adoraban y respetaban por igual. Desde los mozos de los lugares que frecuentaba (y que eran centros de reunión para sus redes), hasta los ordenanzas y encargados de seguridad de sus lugares de trabajo.
Seguramente sus características personales lo ayudaban. Dotado de una gran memoria fotográfica para reconocer rostros, nombres, y detalles de personas (aún habiéndolas visto una sola vez en la vida), de una enorme simpatía natural, y de un carisma singular, le era sumamente simple ampliar sus redes a cada minuto.
Un hecho que me llamaba siempre poderosamente la atención era la facilidad con que era reconocido, y el magnetismo que irradiaba.
La gran prueba del poder del networking, y de si realmente mi padre era un “networker” (o había llegado a serlo por casualidad), fue cuando nos fuimos a vivir al exterior por unos años.
Ahí se ponía en juego su capacidad de relacionarse y construir sus redes desde cero.
No deja de sorprenderme, una y otra vez, el recuerdo de cómo a los pocos días de haber llegado a nuestro nuevo país de residencia, mi padre contaba ya con decenas de nuevos “amigos”.
Lo ayudaron, felices, a conseguir vivienda y trabajo. Le facilitaron la compra de un nuevo auto. Compartieron el esfuerzo de rearmar su casa. Y le referían cuanto nuevo prospecto podían…
La verdad es que en ese momento no nos sorprendía. A nuestra familia le resultaba natural que mi padre se relacionara con tanta facilidad.
Sabía venderse. Incluso ante un nuevo grupo, donde su historia ya no tenía vinculación alguna.
Sabía ganarse la empatía y la confianza absoluta de sus nuevos aliados. Y nunca la traicionaba.
Sabía dar. Estaba siempre dispuesto a brindar ayuda a sus redes. Y nunca pedía demasiado. Las retribuciones venían solas, y naturalemente.
Y, quizás lo más importante, sabía “cultivar” sus relaciones. Su palabra era un activo preciado. La cuidaba. Nunca prometía lo que no podía cumplir. Era un gestor de expectativas magistral.
Un día, la vida lo volvió a poner a prueba. Y regresó a su ciudad de orígen.
Muchos le auguraban dificultades. Había pasado mucho tiempo. “La vida continúa, y nadie te espera”, le decían. Pero mi padre volvió a reconstruir sus redes. Desenpolvó sus viejas agendas, y retomó muchísimas de sus antiguas relaciones. Eran, evidentemente, sólidas, y pasaron la prueba del tiempo.
Así, a su lado desde niño y desde un poco más lejos ya de adulto, pude absorver, naturalmente, el arte del relacionamiento. Me fue simple.
A pesar de no tener los ingredientes ni características personales de mi padre, su ejemplo caló hondo.
Y también yo, en cada situación personal y laboral, he comprobado el gran Poder del Networking.
Con los años he resignificado y revalorizado algo que me fue dado naturalmente. Y fue, sin dudas, un verdadero regalo del cielo.
Pero no hace falta que nos caiga del cielo. Porque puede, sin embargo, y debe, desarrollarse y prefeccionarse.
Vale la pena.
Dar es, quizás, lo que mas nos acerca a lo trascendente.
Los resultados, y el éxito, son siempre relativos, y vienen mucho, mucho, después en el órden de prioridades.
AP